** Poco antes de morir, el artista plástico Heriberto
Blanco escribió este interesante texto sobre la exposición de Evelio Giusseppi
dedicada a los 500 años de la "Resistencia Indígena". El escrito,
creo yo, le sirvió de excusa para hacer una honesta crítica a la obra de
Giusseppi desde un contexto bastante amplio, haciendo gala de su extenso
conocimiento del arte y sus manifestaciones, mencionando a artistas de
reconocida fama universal, y demostrando la precaria situación de los artistas
plásticos en este tiempo de consumismo y decadencia de los valores estéticos en
el ámbito regional y nacional. Disfruté mucho su lectura y transcripción. Por
tanto lo recomiendo. Argenis Díaz/ 2016.
Por
Heriberto Blanco
Estoy ante las obras de Evelio Giusseppi Flores. Yo
diría que las más celebradas, porque ninguna de sus obras ha tenido la
trascendencia de estas (paradojas de la vida o consecuencias del entorno), pues
desde el punto de vista del espacio, línea, forma, luz, color, composición y
demás elementos constitutivos de la obra de arte moderna, sus cuadros
anteriores guardan un aliento poético que nos proporciona una más íntima
relación con el arte, y en esta muestra es poco lo que artista logra para
borrarnos una cierta vaga impresión de pintura por encargo. En alguna de estas
obras el pintor no quiso ser sino el ilustrados de un tema histórico. Sobre
todo en los tiempos actuales en que el espacio no tiene vigencia como
receptáculo de imágenes representadas, y tanto este como la imagen son
definitivamente partícipes de igual importancia en el campo de la pictórica.
No hago este comentario con carácter de crítica de
arte. Está demás decir que esta no es mi profesión, y aun cuando conociese
exactamente y estuviese en posesión de las normas, modelos y patrones que la
cultura neoclásica inventó para identificar lo excelente y lo mediocre, lo
bueno aceptable y lo malo rechazable en una obra de arte, no podría aplicar
esas pautas al arte de hoy, que es arte moderno, donde los conceptos de género
y estilo se han esfumado en un ambiente de tecnocracia y alto desarrollo
industrial; donde el crítico está llamado a desempeñar más bien una función de
orientador o educador del individuo para rescatarlo de la banalidad y la
degradación de un cine y una televisión de consumo, y de una alienante
civilización.
En la presente muestra, el pintor sacrificó arte en
aras de una protesta por un V Centenario, harto cuestionado, tanto en su
significación de “encuentro”, como “descubrimiento”, lo cual es captado por el
pintor más bien como un genocidio. Y es que con el “descubrimiento de América”
se inicia una de las más espantosas matanzas como pocas se conocen en la
tierra. Efemérides como esta del “descubrimiento”, según muchos historiadores, no
es más que un hecho convencionalmente aceptado, puesto que ellos mismos se han
encargado de aclarar y demostrar que varias expediciones anteriores tocaron
estas tierras, y establecieron con sus aborígenes intercambios de productos.
Según quedó asentado en una antigua inscripción
fenicia, navegantes procedentes del Mediterráneo llegaron al Brasil en el siglo
VI antes de Jesucristo. De hecho, Cyrus Gordon, jefe del departamento de
estudios mediterráneos de la universidad norteamericana de Brandeis, descifró en
1968 una piedra grabada encontrada hace más de un siglo, en 1872 en una
plantación del estado de Paraíba, Brasil. Dicha piedra fue rechazada en esa
época por los arqueólogos que la calificaron de “falsificación”. Sin embargo,
esta piedra fue enviada a la Academia de Ciencias de Río de Janeiro. Hoy se la
ha dado crédito a aquella inscripción. El profesor Gordon, afirma que es
auténtica.
En la vieja inscripción se relata que diez naves
fenicias salieron de Ezión-geber, isla del golfo Akaba, navegaron por el mar
Rojo y alrededor de África. Una de las naves fue arrebatad por una tormenta y
llevada por la corriente subecuatorial a las costa de América. La inscripción
reza: “Hemos llegado aquí doce hombres y tres mujeres a esta nueva playa que
yo, el almirante, domino”. Este viaje fenicio quedó confirmado por el
historiador griego Heródoto. Otros indicios de esta penetración fenicia están
representados en cerámicas de diseño fenicio descubiertas en la boca del
Amazonas, que acusan una existencia de mucho antes de los viajes de los
vikingos y de Colón. Desde la fecha en que reinaba en Fenicia el rey Hiram al
1492, las aguas de estas tierras habían sido surcadas por embarcaciones
griegas, noruegas, romanas, egipcias, chinas y japonesas, supuestamente con
fines comerciales, puesto que en ese lapso la historia no revela hechos de
violencia, los cuales, de haber ocurrido, hubiesen quedado registrados como
hechos sangrientos.
La obra aquí referida como arte pictórico está
desvinculada parcialmente de su creador. Creemos que Giusseppi nos ha
acostumbrado al uso de muchas variantes, a una gran densidad y palpable
movimiento, y también a otro tipo de imágenes inventadas que nunca han
pretendido ser naturaleza, porque él, como pintor auténtico, sabe que la imagen
creada por el proceso de invención pertenece a la antinaturaleza, porque la
formas creadas respiran y vibran de manera artificial. El pintor consciente
jamás intentará salirle al espectador con la puerilidad de que un cuadro
pertenece a la naturaleza biológica, pues es otra vibración energética. Es el
espíritu del hombre creador el que respira a través de la forma creada, sea
esta convencional o contemporánea. Luego, es absolutamente falso suponer que
solo se entiende y se disfruta realmente la forma figurativa que reconocemos y
aparecen trilladas en la naturaleza, en tanto estamos imposibilitados para
disfrutar la obra abstracta. Plásticamente, es tan difícil trasponer el umbral
de la Gioconda como penetrar en el ámbito de Joan Miró.
Las formas vibran aunque el espectador no reconozca la
imagen. La forma solamente necesita emitir su fuerza expresiva que sirva de vía
de comunicación y conlleve la posibilidad de la experiencia estática, como en
las obras de Leonardo, o presente una apariencia dinámica, como en el cinetismo
y otras obras de arte moderno. Si en una, esa fuerza energética sonríe o plasma
un rictus enigmático; en otra, se manifiesta en una serie infinita de líneas y
manchas de un aparente desorden como en Pollock o de Kooning. Por lo demás,
desde el punto de vista plástico, toda forma es abstracta, del puro
abstraccionismo.
Otro ha sido también el movimiento de la materia de
Giusseppi, que es el óleo. Cuando hablo de materia me refiero a la sustancia
con la cual se amasa la estructura deseada en el hacer plástico. Esta sustancia
vital con la que se crea una realidad llamada cuadro, en este caso, de imágenes
aborígenes, pasa a segundo lugar. No son las manchas verdosas enrevesadas,
brillantemente espontáneas y llenas de luz de su obra cargada a veces de fauvismo,
de impresionismo o de expresionismo, sino una mezcla dramática y oscura, como
en estado primario, animada de vida, pero sin llegar a la rica expresión
pictórica; es otra obra, quizás asomada a las puertas del secreto de un nivel
de leyendas y cenizas. Oleo o cualquier otra materia retenida en su sustancia
primordial, como cuando se colorea con tierras y tintas vegetales. Fuerza
terrígena, pero no llega a la metamorfosis, que es impostergablemente necesaria
para trascender. Es como si en el significado de la creación apareciera el
barro, modeláramos el hombre, pero le negáramos el soplo de vida.
Según Guillermo Frayle, lo que existe en la obra de
arte, y puede llegar a ser, pero permanece en actitud de espera, es
precisamente la fuerza de la obra. Desde el punto de vista pictórico de
actualidad, tanto las imágenes como los espacios asumen la misma jerarquía,
luego no deben establecerse diferencias, muy propias del arte trillado, entre
continente y contenido, como en la antigua manufactura burguesa que nos impedía
una unidad de visión. Antes de llegar a estas ilustraciones históricas, con las
cuales el arte no debe comprometerse (como no sea para imponer el hecho
artístico a la referencia histórica), una mancha en el fondo de un cuadro de
Giusseppi se correspondería y actuaba
con otra que era la imagen de la forma.
El pintor, para la realización de esta laboriosa serie
de motivos indígenas, no tenía por qué salirse del contexto de la revelación
plástica, así suele acontecer a veces en los trabajos por encargo. Podía haber
logrado una unidad de visión, porque me consta que el artista conoce a Van
Gogh, Gauguin, Matisse y Cezanne, en cuyas obras la significación plástica
mantiene un jamás superado acorde perfecto, como la más álgida expresión
figurativista de arte moderno y acertadamente referencial. Hay cosas que el
artista de nuestros días debe tener presenta: la universalización del arte, la
independencia, mediante la autocrítica, lograda por el arte pictórico a través
de su evolución, el paradigma de los grandes maestros mejicanos y el ejemplo
sentado por Picasso con su Guernica.
El pintor modernista que en Evelio Giusseppi Flores
existe acentuadamente en esta muestra se somete a la tiranía de la forma
convencional, no pretende ir más allá de los límites nativistas, en su afán de
llamar a la reflexión acerca de un hecho histórico, y en actitud acorde con el
medio que conoce muy poco de escuelas y estilos. Es quizás una manera un tanto
elemental de hacerse entender. Esta muestra tiene la finalidad de popularizar
una protesta que día a día va extendiendo más su radio de acción. Estas pinturas
innatistas e indóciles de Evelio, no nos presentan ninguna encrucijada, ningún
dilema de entrar o no en el reino del arte. Renacentista, desde la acepción de
intentar darte al arte una forma nueva, no logra la excepcional singularidad ni
siquiera inconscientemente, como en el caso de Emerio Darío Lunar que pretendió
fundir sus figuras en carne apasionada y le resultaron sus obras vuelcos
misteriosos de más allá de la vida y la muerte. En las vírgenes y donceles
aborígenes de Evelio existe una gran piel exterior que engaña la visión del
contemplador, desde el punto de vista plástico, específicamente.
Nada nos invita a entrar en la obra de arte como tal,
contrariamente, permanecemos apartados exteriormente en el tema y en lo
legendario; ora divagando en los buenos y en los malos aciertos anatómicos, ora
deteniéndonos en los triviales escenarios de fondo, y sintiendo que nuestro
sentimiento estético se escapa por la tangente del cuadro. El tema y el mensaje
adquieren aquí una importancia capital, tanto que hasta repelen el imperativo
de toda obra de arte: Arte en prioridad. Giusseppi tenía algo que decir y la
pincelada, que es escritura grabada sobre la tela, en esta pintura es línea
cerrada, impidiendo que el espacio penetre en la forma; y solo nos revela en esas
figuras su relación con el nombre y conocimiento de un acontecimiento
histórico. Sus imágenes resultan significantes porque hablan de un sentimiento
vital. El sentimiento del hombre algo desvinculado del artista, cerrando tal
vez su puño de pintor, dueño de gran fuerza creadora, yo diría espiritual, esta
vez impedido, trastocado en su barroquismo y su romanticismo, y en la
posibilidad de descargar su interioridad emotiva.
Como reflexión, después de la presentación al público
de sus cuadros indigenistas, el artista comprende que el tono más alto de su
existencia es el arte pictórico, y que la pintura lo liberó desde hace muchas
décadas de lo archivador y lo descriptivo a que estuvo sometido en sus primeros
tiempos. Y todo suceso que irrumpa en su cotidianidad habrá de estar sujeto a
esto que en él es primordial: el arte, y he aquí que aparecen en su paleta como
fuente nimbada de arcoiris, nuevos cuadros, donde la anecdótico y hasta lo
histórico se disuelven en la magia de una pintura en tono mayor que es, sin
lugar a dudas, arte superior como jamás había probado su creatividad. Para
mencionar algunas de estas obras que quizás salgan al público en alguna próxima
muestra, subrayo “la tejedora”, “diosa tacarigua” y paisaje amazónico, entre
otras.
¡Eso sí!, el arte de Evelio Giusseppi mantiene su
sacralización. Una pieza suya conserva su valor intrínseco, precisamente porque
no ha sido representada en cifras pecuniarias. Sé que si le fuera posible este
autor devolvería el escaso dinero percibido en su larga trayectoria de pintor,
para que algunas de sus valiosas obras retornaran a sus manos. Lo suyo nunca
fue el medio fácil para adquirir fortuna, y por ende no es de esos pintores que
“venden en calientico” ni trabaja para galerías. A la manera de los grandes elegidos,
difícilmente le encontraremos haciendo antesala en los despachos de los
promotores de arte, ni tomando parte en esas comparsas donde “críticos”,
pintores y organizadores de eventos se hacen las barbas los unos a los otros, y
se otorgan a sí mismos los premios, en la asfixiante atmósfera de sus círculos
cerrados, en los cuales se cuecen muchos “pucheros”, que no tienen
precisamente, sabor cultural. No es de extrañar, pues, que en los “brillantes
círculos” de la pintura el nombre de Evelio Giusseppi no signifique nada. Un
pintor de su envergadura no puede ser lanzado como un producto más. Si hay
gente cabal y organizada que no conoce la pintura de Giusseppi, es porque más
de una vez ha sido escamoteado en los eventos aragüeños donde debería ser una
de las primeras figuras, por su currículum, por su larga trayectoria y su
bonhomía.
No faltan criticastros de sensibilidad ambigua que
miran su labor con desdén, porque su función pictórica no es la imitación
servil de lo que está de moda en el exterior, ni la aproximación a lo que se
está haciendo en los grandes salones. Giusseppi es indiscutiblemente un maestro
de la pintura, no solo porque de su orientación ha surgido más de una figura de
la plástica aragüeña, sino porque posee un gran dominio del color y la
composición, y un canal inagotable de actividad. Las señales del artista no
están al alcance del desciframiento para la multitud. En esto consiste la
necesidad del teórico, del crítico, para interpretar sus mensajes, es falso que
la obra de arte más pura carezca de mensaje, otra cosa son las anticuallas
incorporadas a los cuadros como anécdotas o moralejas.
El mensaje de Piet Mondrian (por ejemplo) revolucionó
el arte. De repente observamos al pintor en la creación de un cuadro sin
mayores alcances plásticos, como para que sea abordado por el ojo común, como
tan pronto lo vemos invocar un sesgo de misterio donde comienza a surgir la
obra fluidamente, sin encuentros fortuitos con otros autores, y sin
preconcepciones para complacencias de los marchantes. Dice alguien tan
altamente calificado como el doctor (historiador y crítico de arte) Simón
Noriega que “vivimos en una época en que el arte ha sido despojado de sus
propios valores, la sociedad tecnológica fundamenta su existencia en la
economía del tiempo y en el reino de lo mensurable. El arte, por su naturaleza,
mal podría avenirse con todos estos conceptos, de allí que solo subsista
reducido a condición de mercancía. Así se explica la costumbre, ya
generalizada, de pintar expresamente para las exposiciones y, del mismo modo,
componer música para los festivales”.
Giusseppi no corre con el tiempo, nova en ese tropel.
Deberían seguir su ejemplo los pintores jóvenes, puesto que Giusseppi es joven
en su pintura, es pintura moderna; aunque, exprofeso, no lo sea tanto en esta
muestra. Digo pintores y no “pintamonas”, sobre todo aquellos que se ufanan de
su juventud y zahieren a los “ancianos”, pero ellos siguen haciendo pinturas de
escuelas y estilos con muchas décadas de atraso. Por ejemplo, he visto jóvenes
ubicados a esta alturas de 1993 en abstractismos, estilo Jackson Pollock.
Pollock es del año de 1912, y su juventud no fue imitativa, como es ahora la
juventud de sus retrasados émulos maletillas. Siendo Pollock el más abstracto
de los pintores norteamericanos, antes de formar su estilo, supo escuchar y
ensayar muchos maestros y estilos, y gracias a su juventud en un arte original
y creativo, hizo desplazar el centro de interés del mundo artístico de París a
Nueva York, en el decenio del 45 al 55.
También me he topado con Roberto Matta,
desastrosamente imitado por jóvenes de estas últimas décadas, cuando este
pintor chileno pertenece a la generación de principios de siglo, y es original
su puesta en escena del conflicto del hombre consigo mismo y con el mundo que
le rodea. Aúna en su pintura al hombre y la naturaleza en una sola trama
hombre-entorno. Técnica, tensión, polución, contaminación, sensaciones y
espiritualidad, en Matta, nos revelan el diario acontecer en el vuelo pictórico
general de los elegidos. Toda una síntesis muy imitada por jóvenes pintores. Y
ese gran creador de estados de ánimo en arte pictórico: Wassily Kandinsky, tan
mal traído y llevado en las imitaciones de jóvenes de esta generación, es
justamente de 1866. Gracias a él, el clima espiritual y las emociones fueron aceptados
como temas de la pintura. Queda así demostrado que la joven pintura, no es
cuestión de sangre corriendo por las venas, sino el levante de un nuevo sol
que, de tanta originalidad, nos abisme y deje un hito marcado en la evolución
de las bellas artes.
Yo no creo en la inservibilidad de la crítica, pero sí
creo en el anacronismo de una crítica anodina y obsoleta aplicada a las artes
de actualidad. El arte de hoy no puede ser interferido sino con una crítica de
lenguaje nuevo, como lo exige el arte contemporáneo, de tal suerte que, su
sensibilidad, sus manifestaciones de vanguardia, no puede ser analizada
mediante fórmulas tradicionales. Por otra parte, el pintor, el músico, el
literato de hoy, no debe retrogradar el curso de su tiempo. Son testigos
oculares, espejos del mundo que les tocó reflejar, el cual no puede ser atado a
ideas y conceptos agotados. ¿Tiene, pues, la crítica actual una función
diferente y cónsona con una cultura de valores tan distintos a los valores de
la cultura del pasado? ¿Está de más la crítica, como dijera en una ocasión la
periodista y promotora de arte, Sofía Imbert?
Mientras exista el arte, existirá la crítica, como una
simbiosis de cuerpo y sombra, de creatividad e interpretación. ¿Qué se necesita
para acusar la existencia real de un objeto? Someterlo a inspección y análisis.
A través del arte, el hombre busca el perfeccionamiento de sí mismo. El día que
el hombre haya completado la vida, cesará el arte, cesará la crítica. Decir que
el arte no necesita la crítica, no es más que una frase, y es también asumir
una actitud de crítico. Lo que podríamos llamar nuestra actual crítica de arte,
padece de un innegable desprestigio, no solamente entre artistas, sino dentro
del público en general; pues, según la valiosa opinión de pensadores
calificados altamente, la crítica de hoy, afectada por sus relaciones
capitalistas, es una onerosa actividad publicitaria, y este es otro factor más,
alienante para el mundo del arte; pues, debido a ello, son exaltados muchos
falsos valores y escamoteados muchos valores auténticos.
Todo el totalitarismo y el pragmatismo de una sociedad
que no piensa sino en dirección de los dividendos golpea irrevocablemente los
propósitos estéticos y espirituales. Lo que se impone muchas veces no es el
conocimiento ni la originalidad del artista, sino la inmoralidad y la habilidad
para trepar, cuando no es el comerciante en obras de arte, que enajena su
libertad y programa la actividad del artista.Al menos en nuestro medio se lanza
a un pintor casi igualmente como un refresco o cualquier otro negocio. No se
establecen criterios ni se asumen responsabilidades ante la historia. Hay
medios donde predomina, en materia de arte, un analfabetismo que aterra, y el
artista que no se deje etiquetar ni marcar como producto de consumo no pocas
veces es desdeñado por criticastros que fungen de críticos, no obstante carecer
de la rigurosa formación histórico-teórico-filosófico-artística que exige el
ejercicio de la crítica. Por otra parte, no será la Crítica quien dicta la
pauta de lo que se debe hacer o no hacer en el arte.
Por cuenta de la crítica francesa, el Impresionismo
hubiese muerto al nacer, tal fue la hostilidad con que lo recibió en los
primeros tiempos. Fue al cabo de una década, en un clima todavía áspero, cuando
se aceptaron algunas notas de reconocimiento sobre sus repelidos artistas.
Igualmente ocurrió con el arte moderno al despuntar sobre la crítica y público
norteamericano. En una gran exposición organizada por la Armory Show, en 1913,
Van Gogh fue considerado un pintor torpe y de escasa visión estética; Matisse
fue considerado pornográfico, inverosímil e infantil, y Cezanne un mediocre
impresionista, con alguna que otra obra aceptable. Cuando el crítico se da a la
investigación histórica, a la profunda observación filosófica y al rigoroso
detenimiento ante diversas técnicas, se convierte en un espectador excepcional
que emplea sus acertados conocimientos para dar una clara opinión acerca del
valor de las obras de arte.
Con cursilerías aquí y allá no se puede pretender ser
críticos de arte, cuando para esto se requiere egresar de centros de enseñanza
rigurosamente formadores y o estas escuelas de arte nuestras, en su mayoría,
distinguidas por el mal funcionamiento. Estar al día en materia de
informaciones procedentes del movimiento artístico internacional y un eficiente
aprendizaje de la historia del arte; pero ¿cómo?, si hay una ignorancia crasa
en la materia entre los profesores, tan deplorable como los programas de
enseñanza oficial, y ese aprendizaje memorístico que no otros resultados, sino
la deformación de algo que no se ha puesto en práctica y que jamás se ha
abordado más allá de una vaga referencia.
La obra de Giusseppi, en este mundo industrializado,
no ha sido tocada por la repetibilidad. Permanece en el reino del arte que es
el nivel de calidad. No es de estos pintores vendedores donde la cantidad va
tomando el puesto de la calidad. Desafortunadamente,la alienación e que el
mundo está sumergido ha incidido en la insensibilidad, pérdida de
espiritualidad, y con ello el declinar del culto religioso y la individualidad
dan como resultado la suplantación de los valores morales por los valores
comerciales. Donde otrora campeaba el goce artístico se ha implantado el
disfrute de los juegos de azar, el sadismo televisivo y todos aquellos hechos
negativos provenientes del fenómeno de la masificación. Ciertamente, se ha
colectivizado el espíritu, como cuando
las aguas se enturbian y salen de su cauce buscando los niveles más bajos. Sin
embargo, la mente del artista cabal, contrariamente, se eleva a los altos
niveles, donde permanece impoluta su sensible individualidad, y eso, hasta el
presente, ha sido Evelio Giusseppi: un artista cabal. (HB. 1993).
Referencias
Joan Miró (1893-1983), pintor surrealista, español.
Jackson Pollock (1912-1956), pintor expresionista
abstracto, estadounidense.
Willen de Kooning (1904-1997), pintor expresionista
abstracto de origen neerlandés.
Henri Matisse (1869 – 1954): pintor francés,
representante del flauvismo.
Emerio Darío Lunar (1940-1990), pintor venezolano
nacido en Cabimas (Zulia).
Piet Mondrian (1872-1944): pintor vanguardista
neerlandés.
Roberto Matta (1911-2002): pintor chileno surrealista.
Wassily (o Vasili) Kandinsky (1866-1944): pintor ruso
y teórico del arte.
Fauvismo: movimiento pictórico francés del siglo XX.
Heriberto Blanco. Cagua, 1924; Maracay, 1993. Artista plástico,
curador de exposiciones, crítico de arte, poeta y traductor.De personalidad
polifacética, se dedicó bastante joven al teatro, la música, el canto y el
baile; también incursionó en áreas como el modelaje, diseño de modas, alta
costura y la locución; además, practicó las artes marciales. La fundación Museo
de Arte e Historia de Cagua y la Casa de la Cultura Jorge R. Gómez B. realizó
en 1995 una exposición colectiva en homenaje post mortem al maestro Heriberto
Blanco. También en homenaje póstumo, Editorial Letralia publicó en 2004 el poemario
Cuadernos de nostalgia de Heriberto
Blanco.
Más sobre la obra de Evelio Giusseppi:
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Evelio Giusseppi Flores. 2019. |